Machos, rugby, deporte: algo no termina bien

«Agún día, él comenzará su vida nuevamente». Dennis Rodman, «El Gusano», el «Bad Boy» más malo de la NBA, deja la pistola en el asiento del auto y comienza a escuchar a Pearl Jam. Eddie Vedder canta Even flow. Está deprimido porque su amado Detroit Pistons, bicampeón de fines de los ochentas, se ha roto a pedazos. Pero no se dispara. Horas después, se despierta rodeado de policías en The Palace, la casa de los Pistons. No tiene zapatos ni medias. El arma permanece en la mano. «Quería matar al viejo Rodman para que saliera uno nuevo». Al intento de suicidio de 1993 siguieron más depresiones y excesos. Algunos recientes, ya como asesor del dictador Kim Jong-un. Confundió a Corea del Norte con Corea del Sur. La imagen (ESPN, 30 for 30) lo desnuda frágil. Con lágrimas. No queda nada del defensor más duro que tenía la NBA.

Más dramático aun es el documental de Netflix sobre Aaron Hernández, estrella precoz del fútbol americano, otro duro en la cancha y fuera de ella. Mucho anabólico. Adicciones. Conmociones cerebrales. «Les inyectan esas drogas -cuenta uno de los testimonios- y les dicen que salgan a jugar». Ganó el Super Bowl a los 22 años. Tenía piedra libre para pelearse. Una noche de discoteca alguien, que lo rozó sin querer, le derramó alcohol encima. A la salida, Hernandez lo siguió con el auto, se le puso al lado, bajó la ventanilla y le disparó. Mató semanas después de firmar un contrato de 40 millones de dólares con los Patriots. En otra escena de crimen dejó evidencias. Las pisadas de sus zapatillas Air Jordan. Casado, un hijo, 27 años, Hernández, que de niño había sido víctima de abuso, se ahorcó en 2017 en la cárcel después de que la prensa contara detalles de sus relaciones homosexuales.

Los deportes de contacto suelen formar «cuerpos de hierro». Así los describe el ex puma Tomás de Vedia en su interesante libro Mente fría, corazón caliente (Club House, 2019). Hoy comentarista de ESPN, De Vedia, que además es coach de neurociencias y escribe sobre cómo manejar el estrés en el alto rendimiento, nos habla del «sufrimiento del macho alfa». De los que dicen que tienen que «matarse» en el gimnasio. Supermanes que ni siquiera pueden arrodillarse. Y de lo peligroso que puede ser «tener como energía» el miedo a perder. De Vedia cuestiona la preparación de sus tiempos todavía cercanos de rugbier amateur. «Nos enseñan, nos inculcan, como si fuéramos animales de feedlot, nos meten con cuchara que hay que ser un héroe». Recuerda su rutina. Tenía que formar ese cuerpo de hierro. Y «el hierro -escribe De Vedia- es un material inflexible. La inflexibilidad no permite cambios ni variaciones, no permite movimiento».

La palabra «rugby» sigue dominando este verano las crónicas policiales. El caso de Villa Gesell, que no fue el primero, pero sí tal vez el más brutal, marcó un antes y un después. El deporte de caballeros que la revista Noticias imaginó como modelo de país en 2007. Su formación idealizada. Crónicas hablan hoy de «bautismos» a los novatos (que no son exclusivas del rugby) y que incluyen escenas de sodomización. Pruebas de fuego para ser machos. Reyes de la selva. Otro ex puma, Buenaventura Mínguez, pidió disculpas en una carta pública, pero reivindicó el viejo modelo de los «valores» del rugby. «Ni mejores ni peores, diferentes». Jon Uriarte, ex jugador de la selección argentina de vóleibol, le recordó que muchos otros deportes tienen esos mismos valores. Y que no hay motivos para una «superioridad ética» que suele confundirse «con cofradía de machismos varios, excluyente de los que no pertenecen», y agravada por «el uso de la agresividad física que se torna bravo para los que están afuera del propio rebaño». En sus largas décadas de furioso amateurismo, el rugby sentía que no debía dar explicaciones a nadie. Una élite que jugaba prescindiendo del sucio dinero. Incontaminada. Hoy está obligado a escuchar a otros. Y si jamás jugaron al rugby, mejor.

Hoy hasta están de moda los presidentes machos. El machismo, el patriarcado en tiempos de feminismo, redes sociales y discursos de odio («negro de m…», gritaban los asesinos) es un tema que, por supuesto, excede al rugby. Lo vemos en ambientes disímiles. Desde el Vaticano hasta Hollywood (que el domingo dio un paso audaz al darle el Oscar a Parásitos, formidable película surcoreana, símbolo de estos tiempos supuestamente más políticamente correctos, pero también más dañados por la violencia de la desigualdad). La noche del Oscar recordó a artistas fallecidos. Entre ellos, Kirk Douglas. Inolvidable como Espartaco. Douglas también fue «Midge» Kelly, boxeador carroñero de El ídolo de barro, de 1949. Y fue Chuck Tatum en 1951, periodista corrupto que paga para que demoren el rescate de un hombre atrapado en una mina y así prolonga el morbo. Y fue Vincent van Gogh, artista genial y sufrido, que se mató a los 37 años. Todos elogiaron su actuación. Menos John Wayne. «¿Cómo podés interpretar un papel así?», cuentan que le dijo el cowboy macho. «Quedan tan pocos de nosotros. Tenemos que interpretar personajes duros y fuertes. ¡No esos maricones débiles!». (La Nación)

Comentarios

Comentario

Translate »